La isla de Abel

De William Steig, el escritor e ilustrador que muchos asocian con Shrek (debido más a la película que a su libro), se ha vuelto a publicar hace poco La isla de Abel, un relato simpático y rico, acompañado de dibujos abocetados que se corresponden a distintos momentos del relato, más o menos uno cada doble página. Igual que dije al hablar, hace unos meses, de Irene la valiente, este nuevo libro ejemplifica bien el optimismo y el espíritu peleón que siempre respiran sus historias.

Todo comienza, se nos dice, a principios del mes de agosto de 1907, cuando al joven ratón Abel y a su esposa Amanda les sorprende un gran temporal un día que habían salido al campo. Se refugian en una cueva pero cuando Amanda pierde su pañuelo Abel sale caballerosamente a buscarlo. Entonces el vendaval arrecia y Abel no sólo se pierde sino que se ve arrastrado a una isla en medio del río. Como Abel tiene una gran seguridad en sí mismo, piensa que pronto encontrará la forma de salir de allí, mientras hace conjeturas sobre qué pensará Amanda y que harán sus amigos para encontrarle.

Abel también se imagina cómo relataría más adelante sus aventuras: «lo haría con mucha sencillez, sobre todo en aquellas partes en que había demostrado más valor y capacidad de resistencia; de abrir mucho los ojos y hacer aspavientos ya se encargarían sus oyentes». Pero lo cierto es que, aunque hace intentos de toda clase para salir de la isla no lo consigue y el tiempo va pasando. Aunque tiene momentos de desánimo, logra superarlos y volver a empezar: «era tradicional en su familia no darse nunca por vencido sino roer los problemas hasta resolverlos».

La narración es mucho más rica de lo habitual en esta clase de libros. Por ejemplo, hay un momento en el que un búho desea capturarlo y comérselo y Abel logra escaparse a duras penas. Por la noche, a salvo ya, «Abel se arrodilló a rezar e hizo una pregunta que ya había hecho otras veces, pero nunca con tanta perentoriedad: ¿por qué había hecho Dios a los búhos, las culebras, los gatos, los zorros, las pulgas y otras criaturas igualmente asquerosas y abominables? Pensaba que tenía que haber alguna razón».

En otro momento, más adelante, cuando Abel tiene una renovada confianza en sí mismo después de un año en la isla, pelea contra una gata y el narrador indica que «Abel se dio cuenta de que la gata tenía que hacer lo que estaba haciendo. Estaba siendo gato. Le correspondía a él ser el ratón. Y él estaba haciendo su papel muy bien. En su actitud se mezcló un poco de suficiencia; era como si le dijera a su enemigo: “Te toca a ti mover”». Entretanto, «la luna siguió brillando sin inmutarse».

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