El viaje y Mi miedo y yo

El viaje, el primer álbum de la italiana Francesca Sanna (1980-), tiene un contenido duro pero esperanzador. En una breve nota final ella misma explica que lo compuso después de conversaciones que tuvo con inmigrantes de distintas nacionalidades. Un joven narrador o narradora habla de su país en paz, de que luego estalla la guerra y su padre muere, y de que su madre, después de oír a una amiga sobre que mucha gente intenta irse a un país lejano, decide también huir. A continuación se suceden dobles páginas en las que vemos a la madre y los dos niños en distintos escenarios: en la carretera, ante un muro en la frontera, en una travesía por mar, etc.

Mi miedo y yo se puede considerar una continuación del álbum anterior. En la primera doble página la narradora y protagonista, a quien vemos con amigos y al lado de un pequeño ser fantasmal, dice que «siempre he tenido un secreto. Un pequeño amigo llamado Miedo». En la segunda indica que «Miedo cuida de mí y siempre me ha mantenido a salvo» y que «juntos nos hemos atrevido a explorar cosas nuevas y también nos hemos llenado de espanto». Pero, sigue, cuando han llegado a un nuevo país, su amigo ha empezado a crecer y a crecer, cosa que vemos en las imágenes, y ella no logra moverse ni estar con nadie más…

Es atractiva la realización gráfica. En El viaje la autora presenta una luminosa ciudad al principio, páginas con predominio del negro cuando estalla la guerra, momentos de color cuando los protagonistas aún están en su casa, y como lenguas de oscuridad amenazantes durante todo el viaje que hacen, mientras la madre intenta transmitir optimismo y seguridad a los niños. En Mi miedo y yo las ilustraciones planas y cálidas transmiten bien, con realismo pero sin resultar agobiantes, los problemas de la protagonista; que la figura de Miedo quede perfilada usando el blanco del fondo es un gran acierto.

Ambos son libros que tratan de problemas reales, gráficamente construidos con talento y atención a los detalles, y pueden ayudar a los lectores a entenderse a sí mismos y a entender mejor a otros —en particular a quienes tienen que lidiar con el desarraigo y deben hacerse a un nuevo lenguaje y un nuevo país—, y también a comprender que todos formamos como un gran castillo de naipes en el que no solo dependemos unos de otros sino que nuestras debilidades pueden convertirse también en puntos de apoyo.

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