Carta al rey

Carta al rey, de la holandesa Tonke Dragt (1930-), es una gran novela de aventuras ambientada en una Edad Media que, por un lado, es realista y verosímil, pues lo que se muestra se corresponde con lo que sabemos de aquella época, sin tópicos al uso ni encantamientos ni seres imaginarios; y, por otro, es ingenua y caballeresca como en las aventuras del ciclo artúrico, tal como sugieren tanto los nombres de personajes y lugares como las hazañas que se nos cuentan.

La noche anterior a ser nombrados caballeros del rey Dagonaut, cinco jóvenes velan armas en una capilla con la prohibición tajante de no hablar con nadie y de no reaccionar ante cualquier ruido exterior. Sin embargo, alguien golpea la puerta y Tiuri, dieciséis años, abre a un extraño y este le pide de modo apremiante que lleve una carta al Caballero Negro del Escudo Blanco. A pesar de su convicción de que ya nunca podrá ser nombrado caballero, Tiuri accede pero, cuando por fin llega junto al Caballero, ve que ha sido asaltado y lo encuentra casi agonizante. El mismo Caballero le ruega que acepte la misión que ya no podrá cumplir él: que se ponga en camino inmediatamente para entregar la carta al vecino rey Unauwen. Le da unas pocas indicaciones y le dice que no debe leerla salvo en peligro inminente de ser capturado. Montando en el caballo abandonado del Caballero, el asombroso Ardanwen, emprende así un largo viaje: atraviesa bosques, montañas y ríos; se aloja en monasterios, castillos y ciudades; debe sortear a sus perseguidores aunque también encuentra protectores y amigos. Entre ellos, el caballero Ristridín; la hija del señor del castillo de Mistrinaut, Lavinia; el sabio ermitaño, Menaures; un joven compañero, Piak, desenvuelto y hábil…

Está muy bien armado el argumento clásico del largo viaje para cumplir una misión: algunas preguntas se prolongan toda la novela —¿podrá cumplir Tiuri su encargo?, ¿podrá ser caballero al fin?, ¿qué pone la carta que debe entregar?—, y otras, que se van planteando capítulo a capítulo, tratan con frecuencia de si cada personaje es quien dice ser; además, está desarrollado prestando particular atención a la evolución del mundo interior del protagonista, haciendo partícipe al lector sus dudas y sus descubrimientos en el aprendizaje de cuál es la verdadera caballería.

La escritora despliega la narración ordenadamente, de acuerdo con los mapas que figuran en las guardas, y cuenta las cosas con un lenguaje claro y rico, sobrio y sin énfasis ni barroquismos innecesarios. Ejemplos de comportamientos o detalles que otros relatos del género tienden a narrar con lirismo desenfocado, se formulan con sencillez. La novela subraya los rasgos propios de unos héroes caballerescos: lealtad, valor, sentido del deber, etc. Las máximas sabias o las enseñanzas que a veces se deslizan en la conversación surgen con normalidad, como cuando Tiuri dice al ermitaño Menaures que el Caballero fue asesinado a traición, y el ermitaño comenta: «Eso es menos grave para él que para los que le mataron».

Quien disfrute con esta novela puede seguir las andanzas de sus personajes en otra novela, también amena y de calidad, titulada Los secretos del Bosque Salvaje (Geheimen van het Wilde Woud, 1965), Madrid: Siruela, 2006.

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