Las maletas encantadas

Las maletas encantadas, de Joan Manuel Gisbert (1949-), es un estupendo relato, cuya segunda parte no sorprenderá a quien conozca al autor y cuyo arranque tiene un atractivo tono de fábula de animales pícaros.

Una musaraña decide hacerse con una maleta abandonada en medio del bosque y, para eso, la camufla de modo que nadie la encuentre. Pero un lagarto que la ve, le cuenta lo que le ocurrió a su prima la sabandija, y la musaraña se asusta y se marcha. Entonces el lagarto decide hacerse con la maleta pero, entretanto, la musaraña habla con el caracol que le hace darse cuenta de la trampa y regresa. Poco a poco, todos los animales del bosque acaban implicados en la historia: desean abrir la maleta y hacerse con lo que contenga pero, como son muchos, establecen un procedimiento justo para ver quién será el propietario final. A todo esto, sin embargo, un hombre misterioso llega con muchas más maletas a la vieja casa de piedra de la montaña, y los animales deciden ir a ver.

La narración está cuidada, como es habitual en el autor. Además, se van solapando hábilmente distintas pequeñas intrigas: ¿quién será el animal más pillo?, ¿qué contendrá la maleta?, ¿quién se la habrá olvidado? No faltan toques de buen humor sencillo —«derramó tristes lágrimas de lagarto, mucho más pequeñas que las de cocodrilo, pero más sinceras y auténticas»—, y, por supuesto, aparece un sabio viajero y explorador típico de Gisbert que, por ejemplo, posee «la prodigiosa y legendaria Bola de Babel» que, «si la tienes en tu poder o a poca distancia, puedes entender todos los lenguajes del mundo».

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