Marcelino pan y vino

Marcelino pan y vino, de José María Sánchez Silva (1911-2002), es uno de los grandes relatos de la literatura infantil española. Fue un libro que obtuvo un éxito sin precedentes: por su calidad literaria ofrecida con un lenguaje sencillo y claro, por su penetración psicológica en el interior de un niño, por su simpatía y, sobre todo, porque, como decía uno de sus antiguos prologuistas, «este cuento es nada más y nada menos que ese poquito de eternidad que la literatura llega a conseguir al intentar entrometerse en la vida de los hombres. Léase: en el corazón de los hombres». Sin embargo, por razones que desconozco, ahora no está en los comercios y es necesario conseguirlo en bibliotecas o buscarlo en el mercado de segunda mano.

En la edición que cito se contienen el cuento original y una segunda parte, titulada El Gran Viaje de Marcelino, que fue publicada por el autor en 1982, refundiendo varias historias de los mismos personajes que habían salido en 1953 y 1954. Marcelino es un niño abandonado a la puerta de un convento de franciscanos. El chico creció y «fue la alegría del convento y a veces también el pesar, porque aunque era bueno como el pan, no siempre sus acciones lo eran, y sus robos de fruta en la huerta y sus trastadas en la capilla o en la cocina y sus pequeñas enfermedades dieron buenos quebraderos de cabeza a los pobres frailes». Un día, Marcelino inicia un trato especial con el Cristo de un crucifijo abandonado en el desván. En la segunda parte que mencioné se cuentan aspectos desconocidos de su pasado y se recuerdan episodios de su vida.

Según dice Sánchez Silva en la dedicatoria, éste es un cuento «escrito como quien lava», una «relación sencilla y pura, ni antigua ni moderna», de un «desaprovechado discípulo de Andersen, Grimm y Perrault».  Conviene añadir que Marcelino pan y vino en absoluto es una obra empalagosa o ñoña: como explica Emilio Pascual en la edición que indico, «la emoción que experimenta el lector proviene exclusivamente del estremecimiento que recorre a quien, estando en la misma longitud de onda, advierte la cercanía de lo sagrado». La etiqueta «sentimental», que por otra parte tampoco tiene por qué ser un reproche, podría ser más justa para la muy digna película que hizo Ladislao Vadja en 1954: aunque el guión era del mismo Sánchez Silva, no se consiguió traducir en imágenes lo impalpable que contiene la historia.

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