Los lobos de Currumpaw

El naturalista Ernest Seton (1860-1946) escribió un relato titulado Lobo: el rey de Currumpaw encabezando su libro Animales salvajes que conocí (Wild Animals I Have Known, 1898). Se basó en un episodio que vivió y que, dijo, significó para él un cambio de actitud hacia los lobos. Cuenta Seton que Lobo, jefe de una manada de cinco lobos, llevaba entre 1889 y 1894, una «vida salvaje y romántica» en la región de Currumpaw, una finca ganadera del norte de Nuevo México. Como causaba grandes destrozos, los ganaderos recurrieron a él debido a su prestigio como cazador. Seton fue poniendo distintas trampas al gigante lobo gris, llamado el Rey, que fue librándose hábilmente de todas. Hasta que decidió ir, en primer lugar, a por su compañera, una loba a la que los mexicanos llamaban Blanca.

Este relato provocó la publicación posterior de muchos otros con una visión excesivamente humanizada de los animales, a los que se atribuyen cualidades de valentía, honor, astucia, nobleza, etc. Para Seton, que hasta 1893 consideraba lógico cazar lobos por el daño que hacían, supuso una especie de conversión: acabó pensando, no sin razones, que buena parte de los problemas que provocaban los lobos estaban generados por los propios hombres. Basándose en esta historia William Grill publicó hace unos meses Los lobos de Currumpaw una versión en novela gráfica que sigue las andanzas de Lobo y su manada por un lado, y la vida de Seton por otro. A veces las palabras van unidas a unas grandes ilustraciones a doble página y, otras veces, la narración se apoya en varias ilustraciones por página, como viñetas. El autor usa lápices de colores y suele colocar a los personajes, hombres y animales, contra el telón de fondo de grandes escenarios naturales, como para subrayar su pequeñez. Hubiera estado bien que la obra de Grill hubiese incorporado las magníficos dibujos realistas que Seton puso a su narración.

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