La vuelta al mundo en ochenta días

La vuelta al mundo en ochenta días fue el relato más popular de Verne durante su vida y, tal vez, el que continúa siendo más popular hoy. En él, el rico y misterioso caballero Phileas Fogg apuesta con sus compañeros del Reform Club de Londres que dará la vuelta al mundo en ochenta días. Le acompañará su criado francés, recién contratado, el joven Jean Passepartout. Se suceden los incidentes mientras a veces los viajeros ganan tiempo respecto al plan previsto y a veces sufren contratiempos que los retrasan. El inspector de policía inglés, Fix, convencido de que Fogg es un misterioso ladrón que ha desvalijado un banco unos días antes de su viaje, sigue a Fogg en su periplo a la espera de la oportunidad para detenerle.

Relato con una veta humorística que hoy sigue funcionando bien: hay golpes propiciados por lo singular de la apuesta, por las asombrosas respuestas y actuaciones de Fogg —«lo imprevisto no existe», replica cuando le hacen notar que sus planes pueden fallar—, y por lo cómico de algunas situaciones. Es un ejemplo de maestría narrativa, que cabría calificar de periodística por la cantidad de datos que da, y que atrae al lector con la sucesión de incidentes variados. Lo es también de maestría constructiva, pues es una historia que funciona como un mecanismo de precisión, tanto al ir dando cuenta de los tiempos del viaje como al ir combinándose con la inquietud por la persecución policial. También se pone de manifiesto el gran talento de Verne para crear personajes atrayentes por su buen humor y su espíritu deportivo.

Es un gran recurso que la narración no entre para nada en el mundo interior del impasible Fogg y, sin embargo, sí lo haga en los pensamientos del joven y alocado Passepartout, capaz de hacerse cargo de que su jefe tiene corazón. Naturalmente, Verne acentúa el carácter científico del viaje, dando todo tipo de datos y subrayando el desinterés de Fogg por todo lo cultural de los lugares por los que pasa: Fogg «no viajaba; describía una circunferencia».

Eso sí: quien no sepa desprenderse de la lupa de lo políticamente correcto es mejor que no lea la historia para no enfadarse. Fogg actúa con una clara conciencia de su superioridad inglesa —«si la cosa es factible, es bueno que sea un inglés el primero que la haya efectuado»—; actúa con una generosidad y liberalidad que pueden leerse como condescendientes; su actitud hacia la viuda hindú a la que salva es de una caballerosidad insultante, etc. Por otro lado, al describir ambientes como el hindú o el Oeste norteamericano Verne recurre a los clichés propios de su tiempo.

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