Heidi

La autora suiza Johanna Spyri (1827-1901) tituló sus novelas sobre Heidi, «Años de peregrinación y aprendizaje» y «Heidi pone en práctica lo que ha aprendido», imitando el título de las novelas pedagógicas de su admirado Goethe. Consiguió un éxito arrollador y una popularidad para Suiza y sus paisajes alpinos como no podría igualar la más cara campaña publicitaria. Hace poco se ha publicado una nueva y cuidada edición en castellano con magníficas ilustraciones de Sonja Wimmer.

Heidi es una chica huérfana, resuelta y animosa, a la que, con cinco años, llevan con su abuelo, un anciano que vive solo en lo alto de las montañas. Más adelante, la mandan a Fráncfort, donde si es maltratada por la odiosa señorita Rottenmeier, se gana la confianza de la enfermiza Clara y su abuela. Luego vuelve a sus queridas montañas con su abuelo, y allí la siguen Clara y el doctor que la cuida.

A pesar del lastre que puede suponer, para ciertos lectores, la fuerte carga sentimental del relato, Heidi tiene todo el encanto de la naturalidad y de la nostalgia. La autora confía en la vieja fórmula de que si el protagonista es feliz, los lectores también lo serán, y no le importa, con ese motivo, meterlos en un mundo donde se realizan las ansias de ver cumplidos todos los deseos. En él, las nuevas hadas madrinas son ricos generosos, no hay descripciones sobrecogedoras, los malos no son siquiera castigados pues desaparecen, y la bondad de los personajes y la belleza de la naturaleza son capaces de vencer todas las dificultades.

Un libro como este da la oportunidad de recordar que los relatos de ficción tienen, como finalidad básica, ayudarnos a comprendernos mejor y a comprender mejor a los demás, y que muchos libros antiguos —en especial esos que han durado tantas generaciones y han sido leídos con gusto en tantas sociedades distintas— nos enseñan a entender las vidas y aspiraciones de personas de otro tiempo. Por eso es necesario proponer esos libros, una y otra vez, a los lectores niños y jóvenes y hacerles notar cuánto nos conviene saber escuchar sus voces, que tal vez sean más lentas que las nuestras, sí, pero que con tanta frecuencia están mucho mejor articuladas.

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