El dragón perezoso

Si con El viento en los sauces, Kenneth Grahame puso un hito en la historia de la literatura infantil, con El dragón perezoso había empezado la tendencia de contar relatos bromistas sobre dragones y, en general, la de versionar irónicamente antiguos relatos populares.

Cuando un dragón se instala en una cueva de las colinas y el pastor que lo descubre no sabe qué hacer, su hijo se ocupa de charlar con él y ver qué planes tiene. Descubre pronto que no tiene malas intenciones pero el pueblo se pone nervioso y piensa que deben acabar con el dragón, por lo que acaba llegando San Jorge para combatir con él. Entonces el chico apaña un combate que deja satisfechos a todos.

El relato no se cuenta con el punto de vista de un chico sino con el de un adulto, que sugiere que la lectura hace a los jóvenes más capaces que a los adultos de buscar soluciones nuevas frente a lo inesperado. Uno de sus objetivos es ironizar sobre la pasión por las peleas: el dragón dice a San Jorge cómo, en su opinión, no hay motivo alguno por el que deban pelear, que todo el lío montado le parece absurdo, «fruto de los convencionalismos y el empecinamiento popular». La naturalidad de la narración está potenciada por las ilustraciones que acompañan esta edición, las que le puso E. H. Shepard en 1928, después de haber ilustrado Winnie the Pooh dos años antes.

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