Donde viven los monstruos

Hace unas semanas puse aquí un comentario a Un hoyo para escarbar, el que se puede considerar primer gran álbum de Maurice Sendak. El segundo cronológicamente pero el primero en muchas clasificaciones es Donde viven los monstruos: fue su primer álbum propio, fue su primer álbum en color, fue una narración en álbum modélica en aquel momento y ya en la historia particular de los álbumes para siempre, pues tanto el argumento como las ilustraciones eran en sí mismas excelentes y porque el autor hizo un magnífico trabajo de integración de textos e imágenes y de diseño de conjunto del libro.

Max no para de hacer travesuras vestido con su traje de lobo y, cuando su madre le llama «¡Monstruo!» y el le contesta «¡Te voy a comer!», le mandan a la cama sin cenar. Pero, una vez en su habitación, crece un bosque, desaparecen las paredes, surge un océano que Max atraviesa en barco y llega a donde viven los monstruos. Pero Max los amansa con la mirada y, nombrado rey de todos los monstruos, da la orden: «¡Que empiece la juerga monstruo!». Hasta que Max se siente solo, «y quiso estar donde alguien le quisiera» y no ser rey, por lo que vuelve a su habitación, donde le aguarda una sorpresa.

Las primeras ilustraciones van recuadradas en la página derecha y acompañadas por textos concisos y exactos en la página izquierda. Su tamaño y colorido van aumentando progresivamente hasta el momento en que, ya sin texto, las escenas de Max jugando con los monstruos ocupan dos dobles páginas completas. No hay entonces espacio en blanco en los márgenes: el mundo imaginativo de Max está ocupado por completo. Luego las ilustraciones van de nuevo disminuyendo al volver Max a la realidad. Hábilmente, con la presencia de la luna en los distintos escenarios en que vemos a Max, Sendak juega con el lector al difuminar las fronteras entre el tiempo real y el tiempo interior de su protagonista.

Combinando recursos gráficos como, entre otros, el poder de los marcos para crear en el lector sensaciones de alejamiento, o de texto, como es el de la repetición de palabras y sonidos, Sendak monta una narración emocionante y conecta con el mundo interior del niño. Él mismo declaraba que su libro intenta reflejar que, a veces, la fantasía es para los niños un modo de liberar la rabia y de llegar a conseguir más equilibrio interior. También se puede ver de otra forma: dentro del niño habitan enfados y miedos que una educación sensata y afectuosa contribuye a despejar y colocar en su sitio: Max sabe que, a pesar del castigo, o justo gracias a él, su familia es «donde alguien le quiere a uno más que a nadie» y a donde puede regresar siempre. Y un punto más para el atractivo argumental permanente del álbum es que Sendak, tal vez sin darse cuenta, volvió a contar la parábola evangélica del hijo pródigo.

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