Cucho

Los libros infantiles ambientados hace décadas tienen el inconveniente de que las formas de vivir y hablar de los personajes no resultan familiares a sus lectores naturales. Por el contrario, tienen las ventajas de que, por un lado, les ayudan a comprender el pasado y, por otro, que les añaden vocabulario que no conocen. En ellos ocurre también que presentan situaciones que hoy se consideran políticamente incorrectas, lo que puede desanimar a unos pero puede ser visto como una oportunidad educativa por otros.

Pensaba una vez más lo anterior al releer la nueva edición de Cucho, un libro de José Luis Olaizola (1927-) que fue un gran éxito a principios de los ochenta del pasado siglo. Su protagonista tiene once años y vive con su abuela inválida en una casa en muy malas condiciones en el centro de Madrid. Para llevar dinero a su casa, Cucho acaba montando un puesto para vender los bocadillos que sus compañeros no se toman, de ayudante de un músico callejero al que su abuela le hizo un traje, de ayudante también en un puesto de chucherías (en el que tiene la feliz idea de vender tabaco a los padres que van con sus hijos)… Y, poco a poco, con ayuda de algunos personajes singulares que se cruzan en su camino, su vida y la de su abuela se encauzan.

El tirón de la historia se basa en que se suceden situaciones que, aunque son reales y melodramáticas, se presentan con los aires de un cuento en el que se sabe que todo saldrá bien; en que la narración es amena y tiene gancho; en la variedad de los personajes que van apareciendo; y en que las reacciones interiores de Cucho, de preocupación o de desconcierto, están presentadas con naturalidad.

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