Canción de Navidad

Un buen regalo navideño: la edición de Canción de Navidad, de Charles Dickens (1812-1870) con las extraordinarias ilustraciones de Roberto Innocenti (1940-). Este relato es el primero, el más famoso y el mejor de los cuentos que Dickens escribió con centro en la Navidad y como evocación de la infancia. Entre los muchos personajes inolvidables del autor ocupa un lugar especial el viejo avaro Ebenezer Scrooge, que no quiere saber nada de celebrar la Navidad, pero al que se le aparecen los espíritus del pasado, del presente y del futuro, y le hacen cambiar de opinión.

Al preguntarse por qué Dickens ha quedado asociado a la Navidad cuando, según su mentalidad, en principio podríamos pensar que calificaría de la Navidad de antigua superstición llamada a desaparecer, Chesterton da, entre otras razones, la de que Dickens dedicó su genio, de modo especial, a la descripción de la felicidad, y hay tres cualidades de la Navidad que lo son también de la felicidad humana, cualidades que con frecuencia ignoran u olvidan muchos. La primera es la cualidad dramática: la felicidad no es un estado sino una crisis y el ejemplo más claro es el nacimiento de un niño. El segundo elemento es el invierno: no como factor de contraste simplemente sino de antagonismo, pues toda comodidad está basada en la incomodidad. El tercer elemento es el grotesco: Dickens entendió que como mejor se representa la felicidad es con figuras feas pues hay algo misteriosamente asociado con la felicidad en, por ejemplo, la corpulencia de Falstaff (personaje de Shakespeare) o de Tony Weller (Los papeles de Pickwick).

Pues bien, concluye Chesterton, Canción de Navidad es una historia feliz porque describe un cambio abrupto y dramático, en el que no sólo se narra una conversión sino una conversión repentina. Debe mucho de su tensión y de su hilaridad al hecho de que sea un cuento tan invernal. Y ejemplifica bien la relación tan estrecha que hay entre lo alegre y lo grotesco: es un relato en el que todo el mundo es feliz y nadie se presenta embellecido, hasta el punto de que incluso el pavo que Scrooge compró era tan gordo, dice Dickens, que no podía sostenerse de pie.

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