Brujarella

Brujarella, de Iban Barrenetxea, es una narración bromista con ciertos parecidos a otras del autor: parecidos argumentales, pues de nuevo unos seres singulares deambulan por los bosques y tienen enfrente a un malvado «estirado», que además esta vez es gangoso; y parecidos gráficos, pues una parte del encanto de la historia está en las características ilustraciones a doble página —diez a color para la edición que comento—, con personajes de perfiles agudos muy marcados.

La historia trata de que las brujas del bosque están inquietas porque están desapareciendo las ranas y, sobre todo, de que la heroína, Brujarella, también lo está porque le ha desaparecido un calcetín. En la expedición que monta para buscarlo, acompañada de la urraca Cornelia, Hugo el lobo y el pingüino Gustavo, todo se confunde y se resuelve. El argumento, en el que puede ocurrir cualquier cosa, no importa tanto como el tono bromista del narrador, un maestro de los comentarios inesperados que rompen las expectativas del lector. Por ejemplo, nos habla de que las brujas comprenden a la perfección el idioma de los animales, algo no siempre fácil: «hay casos, como el de los cerdos, donde esto no resulta sencillo a causa de su desagradable costumbre de hablar con la boca llena». O bien, cuando Brujarella ve un coche por el bosque y se sorprende: «lo más asombroso era que no había caballos remocándolo. La bruja dedujo que los caballos estarían en el interior del armazón».

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